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La importancia de los programas libres y los estándares abiertos

Escrito por Armando Soto Baeza

En un artículo anterior se planteó el beneficio económico que representa la adopción de programas con licencia de uso libre para las empresas, especialmente en el ámbito de una crisis económica. Ahora revisaremos otros beneficios que suponen estos programas, así como la relevancia de la aparición de estándares industriales en temas donde no los hubo por muchos años, todo dentro del marco del beneficio para las empresas y las personas.

Si bien una estimación de ahorro del 90% en tecnología de computación parece ser motivo suficiente para adoptar el uso de programas de uso libre, existen otros campos en los cuales se aprecian más beneficios. Para clarificar, describamos de modo muy breve qué significa que un programa sea de uso libre.

Usted quizá ha leído los términos del contrato de licencia de su programa de oficina favorito, de su sistema operativo, o de su programa para diseño gráfico. En los contratos tradicionales a usted se le informa que NO puede hacer una serie de cosas, como (menos que otra cualquiera) hacer copias del programa o revisar cómo fue elaborado. Bueno, pues resulta que existen otros tipos de licencia de uso de programas que no le imponen restricciones. Aunque son muchas licencias distintas (GPL, BSD, MPL, Artistic Licence, Creative Commons, etc.), todas ellas comparten un espíritu común: el de permitir a usted hacer casi cualquier cosa con el programa, salvo imponer restricciones a terceros. Es decir, podemos resumir las licencias de uso libre con la frase “prohibido prohibir”. Esto es especialmente cierto con la licencia GPL, con mucho la más popular de las licencias de uso libre.

Además del beneficio económico que surge a partir del bajo o nulo costo de los programas de uso libre, existen otros aspectos que se pueden manejar a partir de estas licencias. Destacaremos por ahora el de la seguridad. Tal vez usted no lo sepa, pero muchos de los programas populares, desde el sistema operativo de ventanas, hasta el programa de ofimática, por citar unos pocos, contienen partes del programa destinadas a extraer datos de su computadora y enviarlos al fabricante. Esto se justifica con el pretexto del combate a la piratería, pero ya se han dado casos en el pasado de sabotajes realizados a partir de código oculto en los programas. Además, con el argumento de la lucha contra el terrorismo, el gobierno imperialista norteamericano ha lanzado incontables intentos de violar la privacidad de los usuarios de computadoras, “escuchando” sus conversaciones (teléfono, correo-e, navegación por internet, etc.) y no sería paranoico suponer que alguna entidad de ese país reciba datos a partir de los programas que usted instala en sus computadoras. El problema con los programas de licencia restrictiva es que usted no puede revisar el programa en busca de código espía como el que acabo de describir. No me refiero a poder en el sentido de tener las habilidades, sino en el sentido de que está expresamente prohibido. Con los programas de uso libre esto es distinto. Usted puede (tiene la facultad de hacerlo) revisar la programación para asegurar que no existen líneas que pongan en riesgo el carácter confidencial de su información. Es por ello que el gobierno de Alemania, por ejemplo, legisló en favor del uso de software libre en el sector público, pues lo considera un problema de seguridad nacional.

Ahora bien, algunas aplicaciones comunmente utilizadas en las computadoras “obligan” a los usuarios a emplear software restringido. Esto se debe a otro factor. Estos programas, y me referiré a la suite ofimática, por ser el caso más claro, no sustentan su operación en estándares industriales, sino que han impuesto sus formatos de archivos como un “estándar de facto”. ¿A qué me refiero? Al no existir un estándar para los documentos de oficina, cada fabricante de programas de ofimática definía los suyos propios y solo trataba de intercambiar información usando los formatos que el uso habitual fuera marcando como requeridos. Así es que se hizo común pedir escritos en formato doc, hojas de cálculo en formato xls o presentaciones electrónicas en ppt. El problema es que al no ser estándares industriales, los fabricantes de programas dependen de la “buena voluntad” del fabricante monopólico, quien se asegura de no dar demasiada información para asegurarse así una ventaja competitiva desleal. El impacto para los usuarios de computadoras, y para las empresas en particular, es que se ven obligados a comprar un programa que no tiene opciones en el mercado, o están muy limitadas si se les compara con el producto dominante (en términos de compatibilidad de formatos). Los usuarios perciben esto como un defecto y no piensan que el monopolio es el que evita mayor compatibilidad. Finalmente, los usuarios han de correr el riesgo de que sus datos sean espiados sin que ellos lo sepan. Por fortuna la situación ha cambiado. Ahora existe un estándar industrial para documentos de oficina, conocido como OpenDocument, que además ya es ISO. Al ser un estándar industrial, se dispone de toda la información para que los fabricantes desarrollen programas de ofimática que soporten estos formatos, asegurando absoluta compatibilidad entre productos de diferentes fabricantes, aún entre sistemas operativos diferentes (Windows, Linux, Mac OSX, etc.). De este modo, se fomenta la sana y leal competencia, se brinda a los usuarios la posibilidad de elegir los programas que les gusten más, por facilidad de uso, por diseño gráfico, por soporte técnico, etc., y se consigue una mejor calidad de los programas, precisamente por la competencia entre fabricantes. Además, OpenDocument toma en cuenta otras necesidades de los usuarios y asegura la perdurabilidad de su información. Usted puede escribir un documento hoy y sus bisnietos lo podrán abrir dentro de 100 años, sin preocuparse por el programa o la versión que usted utiliza ahora (esto no es cierto si usted emplea MS Office®).

Solo como dato curioso, el gobierno de Massashussets, en EEUU, legisló en favor del uso de estándares abiertos, convirtiéndose en la primera institución pública a nivel mundial en hacerlo, aunque el ejemplo ha sido seguido por muchos gobiernos nacionales, regionales y locales en todo el mundo.

En términos de seguridad, el diseño de OpenDocument garantiza que en el caso de que un archivo se dañe, sea posible recuperar su contenido mayormente, con la posible excepción de los datos que estaban guardados en los sectores dañados. Con MS Office® un archivo dañado se pierde totalmente.

Aunque existen varios programas construidos con el estándar OpenDocument y distribuidos con un esquema de licencia restrictiva (p. ej. IBM Lotus Symphony), el programa que ha sido más aceptado por los usuarios es OpenOffice.org, cuyo formato de archivos se tomó como punto de partida para la construcción del estándar.

Los usuarios de computadoras deberían emplear OpenOffice.org u otro programa que utilice el formato estándar OpenDocument, pues en caso contrario fomentan la dependencia tecnológica, impiden la sana y leal competencia, afectan su economía y la del país, fomentan también la piratería y ponen en riesgo su información en varios modos. El motivo que más he escuchado de por qué no los usan es porque “los otros usuarios no pueden leer los archivos”. En realidad, ese pretexto carece de fundamento, ya que esos otros usuarios también podrían cambiar de programa sin incurrir en costo alguno. Otra posibilidad es enviar los archivos en otro formato estándar (ya es ISO) que es PDF, lo cual puede hacerse usando OpenOffice.org pulsando tan solo un botón. PDF es un formato que resulta familiar a la mayoría de los usuarios de computadoras.

Para conocer un poco más de las razones por las cuales utilizar OpenOffice.org y OpenDocument, puede consultar:

http://www.oasis-open.org/committees/tc_home.php?wg_abbrev=office

Para leer más acerca de las licencias de software libre, consulte

http://www.gnu.org/licenses/licenses.html